Te necesito aquí.
El tormento de mi alma
apenas me deja respirar
mientras pienso en como te vas
alejándote con cada paso un poco más
como algo etéreo,
como el humo de un cigarro,
como tu sombra al doblar la esquina.
Te necesito
y no sé cómo expresarme.
Quizás las palabras
nunca fueron mi mejor arma
pero hoy quiero desnudar
mi alma ante ti
y mostrarme tal y como soy.
Siempre viví como cualquiera,
siendo un cualquiera
haciendo todo a mi manera
con mis altibajos,
como fuera.
Pero eso cambió
el día en que te conocí.
Ese día
los pájaros cantaron tan alto
que enmudecieron al propio silencio
y los grises se tornaron blancos.
Como las mejores presentaciones,
ocurrió un día cualquiera
una mañana de septiembre.
Tú, tan tímida.
Yo, tan asustado.
Y sabiéndolo pero sin saber,
quedamos ligados el uno al otro para siempre.
Pero eso ya forma parte del ayer.
Ahora solo importa el presente
y la verdad,
prefiero pensar en el futuro.
Atrás quedan recuerdos
que ya están guardados
en el maltrecho baúl
alojado en mi cabeza.
Adelante quedan mil historias
y mil noches.
En el presente somos como cualquiera,
con sus altibajos
pero extraña y mágicamente únicos,
como ninguno.
Sonreír y llorar es parte del mismo juego,
pero yo quiero cambiar las reglas.
Quiero que el tablero sea tu cuerpo
y los dados todos los besos que te debo.
Quiero que no tenga final,
ni nunca gane
ni nunca pierda,
solo juegue.
Quiero así una eternidad,
la quiero contigo
y la quiero ya.
domingo, 5 de octubre de 2014
jueves, 18 de septiembre de 2014
Te odio
Te odio.
Te llevaste lo que más quería
y ahora solo quedan recuerdos
y melancolía.
Duele ver como te vas,
pero alguien como tú jamás
querría estar con uno más.
La multitud no me deja respirar.
Si hay un Dios ahí arriba
decidle que afloje mi correa
porque me va a ahogar.
Son ya dieciocho que valen como ochenta.
Vivo a duras penas
y a duras penas veo el final
Es ya demasiado tiempo invertido,
demasiado sentimiento,
demasiado recuerdo,
demasiado camino recorrido.
Me prometiste todo y todo me diste,
pero yo pensé que sería solo lo bueno.
¿Quién te dice que la luz al final del túnel
un día no se apagará?
¿Quién te dice que los siempre
no tienen caducidad?
Todos los pájaros siempre
quieren cambiar de nido.
El problema es que algunos
quieren cambiar teniendo ya pareja.
Tengo dudas y escuecen.
Aún más cuando son
de la persona que sientes.
Me marcho y te dejo
la luz apagada,
así cierras los ojos
para recordar mi cara.
El olvido nunca fue una de mis facetas
pero con tiempo y calma
el mañana dirá.
No concibo un futuro
si no es a tu lado
sin compartir tus labios
con otro.
Pero de nada ya sirve llorar.
Las páginas que yo paso
siempre están marchitas,
alguien debería obligar a vuestro Dios
a rendir cuentas.
Redimirme para buscar la salvación.
Antes muerto que sin tus labios.
¿Por qué no comprendes
que yo jamás quise hacerte daño?
¿Por qué me sigues interrogando
aunque sabes que me desangro por dentro?
¿No ves que no quiero hablar?
Lo único que quiero es tu silencio.
Perdóname si alguna vez cometí un fallo.
Prometo volver a ser como antes, pero,
tú prométeme que nunca vas a dejarme.
viernes, 12 de septiembre de 2014
Sálvame
Sálvame por favor
de este desastre.
Prometo volver a ser fuerte,
a recorrer tu cuerpo con calma
como siempre.
Sálvame por favor
no dejes que siga cayendo.
Prometo volver a reconfortarte,
a hacerte vivir riendo
como siempre.
Sálvame por favor
de estos pensamientos.
Prometo volver a iluminarte,
a acariciarte el pelo
como siempre.
Sálvame por favor
de mis demonios.
Prometo volver a buscarte,
a rodearte con ternura los hombros
como siempre.
Volveré a ser como antes
pero por favor sálvame.
sábado, 21 de junio de 2014
La casa de todos.
Amaneció un día
oscuro de esos con muchos nubarrones y pocos claros.
Todos en la casa se
sentían nauseabundos por un extraño aroma que había en el ambiente
y que lo teñía todo de un color melancolía oscuro. Los inquilinos
habían prometido el pago del alquiler al dueño del piso aquel
mismo día, pero no consiguieron reunir el dinero.
No debía medir más
de 30 metros cuadrados, quizá 60 o posiblemente 100, eso da igual.
Lo cierto es que cada habitante lo veía de una forma distinta: dos
se sentían en Liliput. Pero mientras el primero pensaba que el pago
era el correcto para sus dimensiones el segundo, del mismo modo,
también aceptaba la renta alegando que si no estaba en un piso más
grande era porque él y solo él no quería. Por otro lado y por lo
general el resto lo veía como un piso bastante grande y en una
localización bonita, pero como siempre pasa con los generales y la
opinión general, estaban equivocados.
De hecho aquel
habitáculo no llegaba a más de 20 metros. Sin embargo eso no es lo
importante. No importa el espacio, importa el uso que uno le da. Por
ejemplo uno de los muchachos que veían aquel cuchitril como una
ridiculez, lograba en un pequeñísimo espacio compaginar sus gustos
y sus prioridades, que al fin y al cabo deberían ser lo mismo.
Mientras que los grandes optimistas del lugar no lograban más que
engañarse así mismos dejando espacio para un gran armario y poco
para una cama.
Otro día con otro
telediario en el que se ve a palomas de la paz lanzando bombas.
Otro día con otra
mañana,otra tarde y otra noche.
Otro día igual.
El dueño anunció
su llegada hacia las doce del mediodía. Una buena hora si lo que
quieres es interrumpir cualquier actividad. Los lugareños llevaban
reunidos en el salón un par de horas, quizá un trío, quizá un
cuarteto o quizá ni siquiera habían dormido y llevaban ahí toda la
noche. Eso da igual.
La gran mayoría se
mostraba colérica con la gran mayoría para así no cargar las
culpas sobre sus hombros. Todos decían que si no tenían dinero para
el alquiler era por culpa de los otros, es decir de todos, es decir
de sí mismos.
Todos odiaban a
todos.
Nosotros nos
odiábamos a nosotros.
Tú te odiabas a ti.
No obstante dentro
de la gran mayoría existe esa gran minoría que aporta sentir a la
vida, o vida al sentir, que son dos cosas bien distintas. Este
reducido grupo clamaba contra nada. Quizá porque no tenían nada a
lo que echar la culpa; quizá por desidia, que es la verdadera
naturaleza humana; quizá por cualquier asunto que en ese momento
pasase por su cabeza, eso da igual.
El dueño llegó. A
decir verdad ninguno de los actuales inquilinos le había visto jamás
ni tampoco habían podido localizar a los antiguos habitantes.
El primero en verlo
lo hizo a través de la cámara del telefonillo, y nada más hacerlo
se marchó apresurado a recorrer cada tramo de la casa
redescubriéndola de nuevo. Los otros (la gran mayoría y la minoría)
le miraron extrañados por su comportamiento. Ninguno alcanzaba a
comprender el motivo de sus divagaciones. Quizá por esto los nervios
aumentaron en todos sin excepción, quizá el interés por comprender
es lo que nos lleva a la locura o quizá no, eso da igual.
Los nervios
afloraron en cada uno de una manera distinta. Algunos, o algudos, o
algutres, o algumuchos contemplaron la casa siendo aún más pequeña
de lo que su percepción les había mostrado a lo largo de su
residencia en el habitáculo. Las sillas ya no eran sillas, eran
taburetes. La televisión era una pequeña radio, el armario un
perchero y el colchón ya no era grande, era una esterilla en el
suelo.
Otros la vieron aún
más grande de lo que creían. Las sillas ya no eran sillas, eran
tronos. La televisión era una pantalla de cine, el armario un
vestidor y el colchón ya no era de muelles, era de agua.
Solo unos pocos
seguían contemplando al primer hombre, que seguía disfrutando de su
paseo por la casa. Lo llamativo de este hombre era que a pesar de ser
el único que disfrutaba de la situación, era el más perturbado.
Quizá porque tenía conocimiento de qué uso había dado a la casa,
quizá no, eso da igual.
Suena el ascensor
llegando.
Suenas los primeros
pasos.
Suenan lentos pero
firmes.
Tan firmes que daba
la impresión de que el dueño había hecho eso mil y una veces.
Sonó el timbre.
Un simple ruido
perforante en el oído similar al de una bocina bastó. El primer
hombre acabó de enloquecer, sus primeros pasos eran ahora zancadas
que a ratos se convertían en saltos.
Una sonrisa nerviosa.
Una mirada de
locura.
Un loco entre
cuerdos.
Un cuerdo entre
locos.
El desconcierto
reinaba entre la multitud.
Más sonrisas
nerviosas.
Más miradas de
locura.
Aquellos que veían
la casa aún más pequeña, sintieron en ese momento la misma
claustrofobia que se debe sentir al quedarse atrapado en el mar
viendo cómo te ahogas lentamente.
Aquellos otros que
ya no veían una casa, sino una mansión se sentían también
ahogados por la inmensidad de la casa, a pesar de que según ellos
conocían la casa como la palma de su mano, aunque tuviese
cicatrices.
Por fin alguien se
dignó a abrir.
Sonrisas
perturbadas.
Miradas
enloquecidas.
Todos vieron al
mismo tiempo al desconocido, que debía ser el dueño de la casa.
Botas negras.
Camisa negra.
Gorro negro.
Negro.
Muerte.
Negro.
Muerte.
Por un instante
todos volvieron la mirada al primer loco y en aquel momento
comprendieron el porqué de su extraño comportamiento y quisieron
imitarlo, pero ya no tenían tiempo.
Una sonrisa
nerviosa.
Una mirada de
locura.
Todos locos
o todos cuerdos.
domingo, 16 de febrero de 2014
Escribiendo esto.
Hola, mi nombre es Dani y aún no sé por qué estoy escribiendo esto. Creo que es lo que se suele hacer en estos casos, o al menos lo que hacen los famosos como Kurt Cobain o Elliot Smith. Me gusta Kurt Cobain, su forma de ver la vida me recuerda en cierto modo a la mía. Recuerdo que una vez dijo algo como “si mi sonrisa mostrara el fondo de mi alma mucha gente lloraría conmigo cada vez que río”, y eso es exactamente lo que pienso de mi sonrisa si es que alguna vez he sonreído. Sé que no está bien lo que hay en mi cabeza, pero sé que es lo que debo hacer. No sé si me entiendes, es como cuando ves a una persona robar a otra. No sabes si el ladrón de verdad lo necesita, pero lo denuncias.
Lo cierto es que estoy escribiendo esto por una promesa que me hice hace un tiempo. El día que terminase “Gracias por el fuego” de Benedetti escribiría esto. Me gusta Mario Benedetti, creo que es mi escritor favorito. Recuerdo cuando leí el final del cuento FIN DE SEMANA y me pasé el resto de la tarde mirando por la ventana. Mirando, pero no observando. El caso es que estoy en la última página del libro y quería escribir esto antes de acabarlo.
Mi madre siempre me dijo que era un chico muy precavido y quizá tenga razón. Recuerdo una vez cuando era muy pequeño y dormía con peluches. Todos tenemos un peluche favorito y el mío se llama Jose. Sí, digo se llama porque aún duermo con él. El caso es que nos fuimos al pueblo en vacaciones de verano, como todos los veranos. No le reprocho a mi madre la rutina de mis vacaciones ni mucho menos, a mí me gustaba ir al pueblo. Aquel verano, en el autobús que nos dejaría en la ciudad más próxima al pueblo mi madre comenzó a ponerse de un tono que me recordó al del camión que mi padre conducía todos los días de la semana. Yo, junto a mi inocencia, le pregunté qué le pasaba. A lo que me respondió que se le había olvidado de meter a Jose en la maleta. Acto seguido me abrazó, pero no era un abrazo ni de alegría ni de tristeza. Creo que era más bien para que no empezase a patalear. Yo le enseñé el secreto por el que no me había quitado la chaqueta a pesar del calor que hacía en aquel autobús sin ventilador, Jose estaba conmigo.
Si quieres saber por qué iba solo con mi madre, cosa que dudo, te diré que mi padre a pesar de tener coche no vino. Lo cierto es que nunca venía al pueblo, y más cierto aún es que yo no quería que fuera. Quizá sea un comportamiento egoísta, pero a día de hoy aquel pensamiento tan infantil no me lo parece tanto. Ahora apenas veo a mi padre y apenas tengo recuerdos de él cuando yo era pequeño.
Aunque he de decir que mi infancia no fue mala. Fue todo lo contrario gracias a mi hermano. No sé si aquello del complejo de Edipo que estudiamos en historia de la filosofía se puede aplicar a tus hermanos, pero si se puede creo que yo lo tendría. No es ese amor que puede sentir una persona hacia otra, algo puramente físico. Yo no creo que el amor sea así. Lo veo más bien como cuando un perro sigue a su dueño hasta el cementerio.
Ahora no veo a mi padre porque ya no vive con nosotros. Vive con otra mujer de la que dice ser mi madrastra. Yo no la veo como tal ni mucho menos. La repudio, y creo que es recíproco. La verdad que no me extrañaría, si yo fuese cualquier otra persona sería amigo de cualquiera menos de mí mismo. No sé si mi padre la quiere o no. Yo creo que no realmente. O sí. En realidad no sé cómo ama mi padre. A mi madre no se lo mostró de una forma normal. O al menos no de la forma que suelen echar en la televisión ni de la forma que veo a la gente en la calle.
Uno de los pocos recuerdos que tengo de él es de un día como cualquier otro. Supongo que era fin de semana porque él estaba en casa. Mi hermano y yo estábamos comiendo. No recuerdo el qué, pero estábamos en la cocina. Nuestros padres estaban en el salón, o en la habitación, no lo sé. Pero sé que entraron a voces a la cocina y mi padre empujó a la que era su mujer contra los fogones. Era una de esas cocinas de gas con ruedas y una puerta blanca para esconder la bombona. Tras el empujón todos se callaron. Yo me suelo poner muy nervioso al hablar con la gente, y más aún al callar. Mi hermano y yo seguimos comiendo como siempre.
Lo siguiente que recuerdo fue cuando mi padre abandonó aquella casa definitivamente. Me dijeron que iba a trabajar con el camión y yo dije que quería ir con él. Pero no pude porque iba a ser un viaje muy peligroso. Y vaya si lo fue, creo que ese viaje nos ha cambiado a todos definitivamente.
Respecto al empujón no sé si se repitió más veces, mi madre nunca me lo ha querido revelar. A mí me gusta pensar que no, pero la duda siempre ha taladrado mi cabeza. Quizá te hayas percatado de que la palabra duda y todas las que tienen relación con ella llenan mis frases. Creo que eso tiene una explicación, los cimientos de mi vida siempre han sido la duda.
No sé quién serás el que estés leyendo esto, ni siquiera si alguien lo leerá. Pero por si acaso, perdón por haberte aburrido tanto sin ninguna recompensa. Porque supongo que querrás una recompensa, todo el mundo actúa por intereses.
No tengo nada más que decir, así que firmaré esto y leeré la última página. Un placer haber sido tu amigo durante estas líneas.
Dani.
Lo cierto es que estoy escribiendo esto por una promesa que me hice hace un tiempo. El día que terminase “Gracias por el fuego” de Benedetti escribiría esto. Me gusta Mario Benedetti, creo que es mi escritor favorito. Recuerdo cuando leí el final del cuento FIN DE SEMANA y me pasé el resto de la tarde mirando por la ventana. Mirando, pero no observando. El caso es que estoy en la última página del libro y quería escribir esto antes de acabarlo.
Mi madre siempre me dijo que era un chico muy precavido y quizá tenga razón. Recuerdo una vez cuando era muy pequeño y dormía con peluches. Todos tenemos un peluche favorito y el mío se llama Jose. Sí, digo se llama porque aún duermo con él. El caso es que nos fuimos al pueblo en vacaciones de verano, como todos los veranos. No le reprocho a mi madre la rutina de mis vacaciones ni mucho menos, a mí me gustaba ir al pueblo. Aquel verano, en el autobús que nos dejaría en la ciudad más próxima al pueblo mi madre comenzó a ponerse de un tono que me recordó al del camión que mi padre conducía todos los días de la semana. Yo, junto a mi inocencia, le pregunté qué le pasaba. A lo que me respondió que se le había olvidado de meter a Jose en la maleta. Acto seguido me abrazó, pero no era un abrazo ni de alegría ni de tristeza. Creo que era más bien para que no empezase a patalear. Yo le enseñé el secreto por el que no me había quitado la chaqueta a pesar del calor que hacía en aquel autobús sin ventilador, Jose estaba conmigo.
Si quieres saber por qué iba solo con mi madre, cosa que dudo, te diré que mi padre a pesar de tener coche no vino. Lo cierto es que nunca venía al pueblo, y más cierto aún es que yo no quería que fuera. Quizá sea un comportamiento egoísta, pero a día de hoy aquel pensamiento tan infantil no me lo parece tanto. Ahora apenas veo a mi padre y apenas tengo recuerdos de él cuando yo era pequeño.
Aunque he de decir que mi infancia no fue mala. Fue todo lo contrario gracias a mi hermano. No sé si aquello del complejo de Edipo que estudiamos en historia de la filosofía se puede aplicar a tus hermanos, pero si se puede creo que yo lo tendría. No es ese amor que puede sentir una persona hacia otra, algo puramente físico. Yo no creo que el amor sea así. Lo veo más bien como cuando un perro sigue a su dueño hasta el cementerio.
Ahora no veo a mi padre porque ya no vive con nosotros. Vive con otra mujer de la que dice ser mi madrastra. Yo no la veo como tal ni mucho menos. La repudio, y creo que es recíproco. La verdad que no me extrañaría, si yo fuese cualquier otra persona sería amigo de cualquiera menos de mí mismo. No sé si mi padre la quiere o no. Yo creo que no realmente. O sí. En realidad no sé cómo ama mi padre. A mi madre no se lo mostró de una forma normal. O al menos no de la forma que suelen echar en la televisión ni de la forma que veo a la gente en la calle.
Uno de los pocos recuerdos que tengo de él es de un día como cualquier otro. Supongo que era fin de semana porque él estaba en casa. Mi hermano y yo estábamos comiendo. No recuerdo el qué, pero estábamos en la cocina. Nuestros padres estaban en el salón, o en la habitación, no lo sé. Pero sé que entraron a voces a la cocina y mi padre empujó a la que era su mujer contra los fogones. Era una de esas cocinas de gas con ruedas y una puerta blanca para esconder la bombona. Tras el empujón todos se callaron. Yo me suelo poner muy nervioso al hablar con la gente, y más aún al callar. Mi hermano y yo seguimos comiendo como siempre.
Lo siguiente que recuerdo fue cuando mi padre abandonó aquella casa definitivamente. Me dijeron que iba a trabajar con el camión y yo dije que quería ir con él. Pero no pude porque iba a ser un viaje muy peligroso. Y vaya si lo fue, creo que ese viaje nos ha cambiado a todos definitivamente.
Respecto al empujón no sé si se repitió más veces, mi madre nunca me lo ha querido revelar. A mí me gusta pensar que no, pero la duda siempre ha taladrado mi cabeza. Quizá te hayas percatado de que la palabra duda y todas las que tienen relación con ella llenan mis frases. Creo que eso tiene una explicación, los cimientos de mi vida siempre han sido la duda.
No sé quién serás el que estés leyendo esto, ni siquiera si alguien lo leerá. Pero por si acaso, perdón por haberte aburrido tanto sin ninguna recompensa. Porque supongo que querrás una recompensa, todo el mundo actúa por intereses.
No tengo nada más que decir, así que firmaré esto y leeré la última página. Un placer haber sido tu amigo durante estas líneas.
Dani.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Dejaría
No te rindas
aunque la inmensidad de los días
sea el crisol de tu vida,
aunque no veas la orilla
del mar ni la salida.
Piensa en quien te quiere,
en quien te cuida
en quien te mima
y en quien le consuele
cuando se haya apagado
la llama de tu vida.
Piensa también qué pasaría
si consumases lo pensado.
¿Quién se moriría?
¿Tú o tu compañía?
¿Tú o tu querida?
¿Tú o tu risa?
¿Tú o la brisa
que respira
tu familia?
aunque la inmensidad de los días
sea el crisol de tu vida,
aunque no veas la orilla
del mar ni la salida.
Piensa en quien te quiere,
en quien te cuida
en quien te mima
y en quien le consuele
cuando se haya apagado
la llama de tu vida.
Piensa también qué pasaría
si consumases lo pensado.
¿Quién se moriría?
¿Tú o tu compañía?
¿Tú o tu querida?
¿Tú o tu risa?
¿Tú o la brisa
que respira
tu familia?
No puedo resistirlo,
el tormento es muy fuerte
y mi alma hace tiempo que es inherte.
Aún no sé por qué sigo vivo.
Tengo sueños en que no respiro
y pesadillas en que no vuelvo a verte.
Tengo recuerdos de gente
y olvido que sólo son son desconocidos.
Pienso, ¿quién me quiere?
¿A quién quiero?
¿Qué busca mi mente?
¿Qué es el infierno
y qué es el cielo?
Pienso, ¿qué hubiese pasado
si no apareciese en su vida?
¿Estaría desdichada y perdida
o viviría cada invierno como un verano?
!Basta¡ No quiero sufrir
ni que me sufran.
No quiero ser un peso
ni una carga.
Dejaría venir a la parca
y que me diese su beso.
Dejaría que el río de mi alma
fuese a dar al mar del cielo.
Dejaría que de los poetas, los patriarcas
me enseñasen el averno.
Dejaría ensañarse con mi anhelo
a cualquier ser que le plazca.
Entonces, ¿por qué vivir?
De pronto, rizando su pelo
exclamé "te quiero"
hallando respuesta
a todos mis deseos.
martes, 29 de octubre de 2013
El dolor del arte.
Por la fina curva de sus pómulos
desfilan versos armoniosos
uno tras otro, otro tras uno.
Sus ojos sólo son esbozos
y sus pómulos, tan puros
como la naturaleza en posos.
Cuando sus rimas ya no dan tacto alguno
con su piel ni sus poros,
se deslizan por el mundo
que es su pelo color oro.
Entonces, llegan al abismo
al que se niegan a descender.
Quizá por egoísmo,
quizá por placer.
La caída es nihilismo
de la ignorancia del saber.
Las palabras se agarran
a los últimos brotes
desgarrando el alma
y tiñendo todo de ocre.
La liberación sana
es como un resorte,
inesperada bala
que mueve montes.
Y así, en pequeñas partes
y grandes sufrimientos
es como el tormento
se hace arte.
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